Memorias sobre la Historia Natural de la isla V

El quinto tomo de las Memorias constituye el cierre natural de la gran empresa científica de Felipe Poey. Publicado en la misma etapa que el Tomo IV, hacia la década de 1860, este volumen tiene un carácter especial: es a la vez continuación del trabajo zoológico y síntesis reflexiva de toda su trayectoria. En él se percibe a un Poey consciente de que su obra estaba destinada a ser un legado, un cimiento sobre el cual se construiría la ciencia cubana.
El tomo incluye nuevas descripciones zoológicas —con un énfasis todavía en peces y moluscos, pero también en insectos y otros grupos menores—, organizadas en catálogos claros, con observaciones de campo y comparaciones internacionales. Sin embargo, lo más significativo no es tanto la enumeración de especies como las reflexiones intercaladas sobre el estado de la ciencia en Cuba. Poey introduce homenajes a colegas y discípulos, anécdotas de sus viajes y correspondencias, y comentarios sobre la importancia de formar instituciones sólidas que resguardaran el conocimiento natural de la isla.
En este sentido, el Tomo V puede leerse como un testamento científico y pedagógico. Poey insiste en la necesidad de continuar la obra colectiva de clasificación y conservación de la fauna, consciente de que un solo hombre no podía agotar la riqueza natural cubana. Sus páginas transmiten un tono casi patriótico: inventariar la naturaleza era, para él, una manera de afirmar la existencia de una cultura científica cubana, con voz propia dentro de la comunidad internacional.
El volumen también revela un lado más íntimo: Poey se muestra agradecido con los colaboradores que lo acompañaron en sus décadas de trabajo, y preocupado por el futuro de sus colecciones. Reconoce las limitaciones de su tiempo —la escasez de recursos, el desinterés de ciertos sectores de la élite, la falta de museos modernos—, pero al mismo tiempo se declara esperanzado en que las generaciones venideras sabrán aprovechar y ampliar lo que él había iniciado.
Desde el punto de vista metodológico, el Tomo V reitera la obsesión de Poey por la precisión taxonómica. Insiste en corregir errores de clasificación, en comparar con autores europeos, en validar nomenclaturas. Pero lo hace ya con una voz más segura, menos dependiente de las autoridades extranjeras: la experiencia de décadas lo había convertido en una autoridad en sí mismo, y lo sabía.
Este último volumen puede entenderse como un puente entre dos épocas: de un lado, la ciencia colonial y dependiente de la validación europea; del otro, la aspiración a una tradición científica cubana, autónoma y con instituciones propias. El cierre de las Memorias no es un punto final, sino una invitación a continuar el camino.

Semblanza: Felipe Poey falleció en 1891, venerado como el “padre de la zoología cubana”. Su nombre quedó ligado a la Sociedad Cubana de Historia Natural, que posteriormente llevaría su apellido. Con las Memorias, dejó no solo un catálogo monumental de especies, sino también un proyecto cultural: demostrar que Cuba podía producir ciencia de primer nivel. El Tomo V, con su tono casi testamentario, resume esa misión y la proyecta hacia el futuro.

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