La revolución y los intelectuales
El ensayo “La revolución y los intelectuales”, escrito por Ramiro de Maeztu en la década de 1930, ocupa un lugar clave en la última etapa de su pensamiento, cuando ya había abandonado por completo el liberalismo juvenil y se había convertido en uno de los referentes intelectuales de la derecha autoritaria española. Este texto condensa, con una claridad y vehemencia inquietantes, las ideas que nutrirían su Defensa de la Hispanidad y su simpatía por los movimientos antiliberales de la época.
En este ensayo, Maeztu acusa a los intelectuales modernos —especialmente a los de izquierda— de haber traicionado su misión original: no buscar la verdad, sino promover la agitación, el resentimiento y la disolución del orden moral. En lugar de ser guías del pueblo, dice, se han convertido en ideólogos de la destrucción. Su blanco no es solo el comunismo, sino todo pensamiento ilustrado que se emancipe de la religión y del deber trascendente. Para Maeztu, la revolución no es una esperanza ni una corrección necesaria, sino un mal metafísico: el producto de una voluntad soberbia que pretende refundar el mundo sin Dios ni jerarquía.
En esta lógica, el intelectual revolucionario se convierte en figura demoníaca: alguien que, en nombre de la libertad, socava la familia, la tradición, la autoridad y la unidad espiritual del pueblo. La revolución no es vista como cambio social, sino como negación del ser. Así, Maeztu recupera su habitual binomio: deber frente a derecho, orden frente a libertad, autoridad frente a razón crítica. En su marco conceptual, el deber se impone como principio rector, y todo intento de subvertir el orden establecido —sea desde el marxismo, el anarquismo o incluso el liberalismo progresista— es leído como una amenaza ontológica.
Desde una perspectiva contemporánea, el texto resulta profundamente reaccionario, pero también revelador. Revelador porque, detrás de su retórica apodíctica, deja ver el miedo de una generación de intelectuales europeos ante el colapso de las viejas certezas. Maeztu no está solo en esta reacción: comparte escenario con pensadores como Charles Maurras en Francia, Giovanni Gentile en Italia o incluso José Antonio Primo de Rivera en España. Todos ellos ven en la revolución no una promesa de emancipación, sino una patología del espíritu moderno. Lo que los une es una concepción sacrificial del orden: mejor un mundo jerárquico y desigual, pero dotado de sentido, que una sociedad igualitaria condenada al vacío.
Lo más inquietante del ensayo es su tratamiento de la figura del intelectual. Para Maeztu, el pensamiento no es autónomo: debe estar al servicio de una misión superior, la de preservar el alma del pueblo. Esta instrumentalización del pensamiento —que en última instancia justifica su censura o persecución— es uno de los aspectos más peligrosos de su legado. Y, sin embargo, su crítica a cierta frivolidad revolucionaria, a los intelectuales que juegan con ideas sin medir sus consecuencias, sigue interpelando. En este sentido, su denuncia no carece de fondo: ¿qué responsabilidad tiene el pensamiento cuando se convierte en acción? ¿Qué límites éticos debería tener la imaginación política?
“La revolución y los intelectuales” no es un texto para leer con complacencia. Es para debatir, para problematizar, para confrontar. En él está el germen de una concepción reaccionaria de la cultura que fue hegemónica en la España franquista, pero también está la expresión aguda de un temor genuino: el de que el mundo moderno, sin anclajes espirituales ni límites simbólicos, se precipite en el caos.
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