La invisible

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La invisible es un relato escrito por Emilia Pardo Bazán, una de las figuras más prominentes de la literatura española del siglo XIX y una pionera del movimiento feminista en España. Nacida en una familia noble, Pardo Bazán tuvo acceso a una amplia educación que alimentó su amor por la literatura y las ideas.
La historia comienza con una reflexión del protagonista, Cecilio Ruiz, sobre los recuerdos y la memoria. Habla de cómo ciertos momentos, a pesar de ser triviales en el momento en que sucedieron, pueden permanecer en la memoria, mientras que otros, a pesar de su importancia aparente en ese momento, pueden desvanecerse en la bruma del olvido.
El personaje se encuentra en medio de una región remota, de nombre los Colmenares, en una misión de trabajo para la compañía de la cual es socio. Está explorando la viabilidad de un salto de agua para proporcionar luz a varias aldeas. En su viaje, se enfrenta a dificultades para encontrar albergue y comida. Con su provisión de alimentos enlatados agotándose, teme el momento en que tendrá que adaptarse a la dieta básica de los habitantes locales: miel, bellotas, leche de cabra y queso duro.
La historia promete desarrollarse alrededor de la casa en la que se espera que encuentre albergue y «cuanto regalo cabe». El relato, como es típico de las obras de Pardo Bazán, se espera que sea un estudio detallado de las emociones humanas y de las interacciones sociales, con un enfoque en la descripción detallada y la caracterización profunda.

De todas las mujeres que han podido preocuparme en este mundo —dijo Cecilio Ruiz, en un momento de expansión, de ésos que son como válvulas por donde el alma busca respiro—, una me ha dejado recuerdo más persistente, por lo mismo que casi no hubo ni tiempo ni ocasión de que me lo dejase…
La memoria —continuó— es muy extraña. Sin que se sepa por qué, se borran de ella un sinnúmero de cosas, y hasta años enteros de nuestra vida pasan sin dejar rastro. Momentos en que creemos que nuestra sensibilidad está en paroxismo, no marcan después huella en el recuerdo. En vano quiero resucitar horas que declaré inolvidables, pues ya de ellas no guardo reminiscencia ninguna. Y detalles que no revistieron la menor importancia, parece que cada día los tengo más grabados en la conciencia: frases insulsas, sucesos mínimos, siempre presentes, cuando ni aun sé cómo se arregló mi primera cita con mujeres de las cuales me creí verdaderamente enamorado, y, tal vez, si me las encuentro en la calle, no las conozco.
En cambio, mi aventura, medio irreal de los Colmenares —llamaré así al lugar de la escena—, de tal modo cuajo en mi espíritu y en mi vida, que cada día surge con mayor realce. Era yo entonces bastante joven, pero no tanto que no hubiese pasado ya de los veintiocho años y probado en diversos lances sentimientos muy varios, y goces y penas, con todos los accidentes que suelen acompañar a la pasión amorosa; hasta me creía ya un poco hastiado, y a ratos me las echaba de escéptico.
Encargado por la Compañía de la cual era socio de enterarme de la fuerza y utilidad de un salto de agua que queríamos adquirir, y con el cual montaríamos el negocio de dar luz a muchos pueblos, me interné a caballo por la región abrupta e incivilizada que llaman de los Colmenares, constituyendo cada noche un problema el encontrar albergue, y cada día una dificultad el comer. Llevaba conmigo un mozo, caballero en una mula, cuyas alforjas, a la salida iban bien rellenas; pero las provisiones, naturalmente, se agotaban. Las latas de foie-gras, de sardinillas y de perdices escabechadas tienen fin. Por aquel desierto solo se encontraba miel, bellotas, leche de cabra y queso duro. Veía con terror el momento de hallarme sometido al régimen de los moradores de aquel yermo.
Al enterarse de mis temores, díjome el mozo que estábamos ya cerca de una casa donde encontraría cómodo asilo, y cuanto regalo cabe, si quería descansar en ella unas horas.

Fragmento de la obra

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