Poemas de José María Heredia

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ISBN rústica ilustrada: 9788498169201
ISBN tapa dura: 9788411264037
ISBN rústica tipográfica: 9788496290952

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José María Heredia (1803-1839) fue el primero de los grandes poetas líricos cubanos del siglo XIX. Precursor de la literatura romántica en América Latina y uno de los escritores más reputados del continente.
La coyuntura política y social que vivió y sufrió José María Heredia hace que tome conciencia patriótica. Por ello su obra trasciende toda la formación neoclásica que le fue inculcada. Así, en la introducción de las poesías de Toluca se lee:

«…el torbellino revolucionario me ha hecho recorrer en poco tiempo una vasta carrera, y con más o menos fortuna he sido abogado, soldado, viajero, profesor de lenguas, diplomático, periodista, magistrado, historiador y poeta».

Pero en la producción lírica de José María Heredia no solo encontramos composiciones que ensalzan sentimientos patrióticos. También hay espacio para profundas reflexiones sobre la fuerza y la belleza de la naturaleza. Hay asimismo referencias históricas, a sus fracasos amorosos y al amor platónico. Se trata de elementos que de igual manera marcaron la vida y el espíritu de este autor, y por lo tanto su obra.
La obra de Heredia muestra, en el ambiente melancólico del romanticismo, los sentimientos y las experiencias de su vida, en Cuba o en el exilio.
El poema «Al salto del Niágara» es una metáfora de la libertad y del deseo de Cuba de romper con España, la metrópolis colonial.

Al salto del Niágara

Templad mi lira, dádmela, que siento
En mi alma estremecida y agitada
Arder la inspiración. ¡Oh! ¡Cuánto tiempo
En tinieblas pasó, sin que mi frente
Brillase con su luz…! Niágara undoso, 5
Tu sublime terror solo podría
Tornarme el don divino, que ensañada
Me robó del dolor la mano impía.

Torrente prodigioso, calma, calla
Tu trueno aterrador: disipa un tanto 10
Las tinieblas que en torno te circundan,
Déjame contemplar tu faz serena,
Y de entusiasmo ardiente mi alma llena.
Yo digno soy de contemplarte: siempre
Lo común y mezquino desdeñando, 15
Ansié por lo terrífico y sublime.
Al despeñarse el huracán furioso,
Al retumbar sobre mi frente el rayo,
Palpitando gocé: vi al Océano
Azotado por austro proceloso, 20
Combatir mi bajel, y ante mis plantas
Vórtice hirviente abrir, y amé el peligro.
Mas del mar la fiereza
En mi alma no produjo
La profunda impresión que tu grandeza. 25

Sereno, corres, majestuoso; y luego
En ásperos peñascos quebrantado,
Te abalanzas violento y arrebatado,
Como el destino irresistible y ciego.
¿Qué voz humana describir podría 30
De la Sirte rugiente
La aterradora faz? El alma mía
En vago pensamiento se confunde
Al mirar esa férvida corriente,
Que en vano quiere la turbada vista 35
En su vuelo seguir al borde oscuro
Del precipicio altísimo: mil olas
Cual pensamiento rápidas pasando,
Chocan y se enfurecen,
Y otras mil y otras mil ya las alcanzan 40
Y entre espuma y fragor desaparecen.

¡Ved! ¡llegan, saltan! El abismo horrendo
Devora los torrentes, despeñados:
Crúzanse en él mil iris, y asomados
Vuelven los bosques al fragor tremendo. 45
En las rígidas peñas
Rómpese el agua: vaporosa nube
Con elástica fuerza
Llena el abismo en torbellino, sube,
Gira en torno, y al éter 50
Luminosa pirámide levanta,
Y por sobre los montes que le cercan
Al solitario cazador espanta.

Mas ¿qué en ti busca mi anhelante vista
Con inútil afán? ¿Por qué no miro 55
Alrededor de tu caverna inmensa
Las palmas ¡ay! las palmas deliciosas
Que en las llanuras de mi ardiente Patria
Nacen del Sol a la sonrisa y crecen,
Y al soplo de las brisas del Océano 60
Bajo un cielo purísimo se mecen?

Este recuerdo a mi pesar me viene…
Nada ¡oh Niágara! falta a tu destino,
Ni otra corona que el aqueste pino
A tu terrible majestad conviene. 65
La palma, y mirto, y delicada Rosa,
Muelle placer inspiran, y ocio blando
En frívolo jardín a ti la suerte
Guardó más digno objeto, más sublime
El alma libre, generosa, fuerte 70
Viene, te ve, se asombra,
El mezquino deleite menosprecia,
Y aun se siente elevar cuando te nombra.

¡Omnipotente Dios! En otros climas
Vi monstruos execrables 75
Blasfemando tu nombre sacrosanto,
Sembrar error y fanatismo impío,
Los campos inundar en sangre y llanto,
De hermanos atizar la infanda guerra,
Y desolar frenéticos la tierra. 80
Vilos, y el pecho se inflamó a su vista
En grave indignación. Por otra parte
Vi mentidos filósofos que osaban
Escrutar tus misterios, ultrajarte,
Y de impiedad al lamentable abismo 85
A los míseros hombres arrastraban.
Por eso te buscó mi débil mente
En la sublime soledad: ahora
Entera se abre a ti; tu mano siente
En esta inmensidad que me circunda, 90
Y tu profunda voz hiere mi seno
De este raudal en el eterno trueno.

¡Asombroso torrente!
¡Cómo, tu vista el ánimo enajena,
Y de terror y admiración me llena! 95
¿Dó tu origen está? ¿Quién fertiliza
Por tantos siglos tu inexhausta fuente?
¿Qué poderosa mano
Hace que al recibirte
No rebose en la tierra el Océano? 100

Abrió el Señor su mano omnipotente;
Cubrió tu faz de nubes agitadas,
Dio su voz a tus aguas despeñadas,
Y ornó con su arco tu terrible frente.
¡Ciego, profundo, infatigable corres, 105
Como el torrente oscuro de los siglos
En insondable eternidad…! ¡Al hombre
Huyen así las ilusiones gratas,
Los florecientes días,
Y despierta al dolor! —¡Ay! agostada 110
Yace mi juventud; mi faz marchita,
Y la profunda pena que me agita
Ruga mi frente de dolor nublada.

Nunca tanto sentí como este día
Mi soledad y mísero abandono 115
Y lamentable desamor… ¿Podría
En edad borrascosa
Sin amor ser feliz? ¡Oh! ¡si una hermosa
Mi cariño fijase,
Y de este abismo al borde turbulento 120
Mi vago pensamiento
Y ardiente admiración acompañase!
¡Cómo gozara, viéndola cubrirse
De leve palidez, y ser más bella
En su dulce terror, y sonreírse 125
Al sostenerla mis amantes brazos…!
¡Delirios de virtud…! ¡Ay! desterrado,
Sin Patria, sin amores,
Solo miro ante mí llanto y dolores.

¡Niágara poderoso! 130
¡Adiós! ¡Adiós! Dentro de pocos años
Ya devorado habrá la tumba fría
A tu débil cantor. ¡Duren mis versos
Cual tu gloria inmortal! ¡Pueda piadoso
Viéndote algún viajero, 135
Dar un suspiro a la memoria mía!
Y al abismarse Febo en occidente
Feliz yo vuele do el Señor me llama,
Y al escuchar los ecos de mi fama
Alce en las nubes la radiosa frente. 140

1824

Fragmento de la obra

Edición de Emilio Roig de Leuchsenring.

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