Manuel da Costa Ataíde

Si Aleijadinho dio forma tridimensional al barroco mineiro, Manuel da Costa Ataíde (1762-1830) creó sus cielos. Sus pinturas de techo, especialmente la glorificación de la Virgen en la iglesia de São Francisco de Assis en Ouro Preto, transforman las bóvedas en visiones celestiales donde la arquitectura real y la pintada se funden en continuidad ilusionista.
La peculiaridad de Ataíde no reside solo en su dominio técnico del trampantojo y la perspectiva, habilidades que compartía con contemporáneos europeos y americanos. Lo distintivo es su cromatismo, donde azules ultramarinos imposibles se combinan con rosas y dorados para crear atmósferas que no son ni terrenales ni exactamente celestiales, sino específicamente mineiras. Es el cielo del trópico filtrado por la sensibilidad rococó, la luz del Brasil central convertida en teología visual.
Otro aspecto notable de la obra de Ataíde es la incorporación de tipos físicos locales en la iconografía sagrada. Sus ángeles y santos tienen frecuentemente rasgos mestizos o mulatos, no como concesión a lo pintoresco sino como afirmación de que lo sagrado puede manifestarse en cuerpos americanos. Esta «tropicalización» del cielo no era única de Ataíde —aparece también en artistas contemporáneos— pero en él alcanza una naturalidad que sugiere convicción más que convención.

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