Relatos de Horacio Quiroga

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ISBN rústica ilustrada: 9788498974317
ISBN tapa dura: 9788411260060

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Horacio Quiroga es, para muchos, el Edgar Allan Poe de habla hispana. Sin embargo, a diferencia de Edgar Allan Poe, que tanto influyó en él, Quiroga dejó muy pronto de buscar lo extraordinario en el ámbito de lo fantasmagórico y lo grotesco para perseguirlo en el campo de lo real, de lo cotidiano. Sus historias siempre se caracterizaron por reflejar vidas trágicas, con grandes pérdidas de seres queridos e historias de amor sin finales felices.
El estilo de Quiroga está al servicio de la brevedad, la intensidad y la tensión. El escritor uruguayo sostenía que el cuento debía ser:

«una flecha que, cuidadosamente apuntada, parte del arco para ir a dar en el blanco. Cuantas mariposas trataran de posarse sobre ella para
adornar su vuelo, no conseguirían sino entorpecerlo».

En Decálogo del perfecto cuentista, publicado en este volumen de Relatos de Horacio Quiroga, Quiroga aplica sus diez mandamientos que definen, de manera tajante, cómo se llega a ser insuperable en el arte de producir o más bien crear, tal como él mismo lo dice, cuentos.
El propio Quiroga señala la importancia de la brevedad del relato y su concepción de la importancia de escribir con un objetivo claro y una meta delimitada acerca del contenido mismo del cuento. La inspiración pasa a un segundo plano, para dar paso a la producción, a la capacidad del escritor de elaborar los mundos textuales, ya preconcebidos. Asimismo, apunta que cada relato debe tener prefijado lo que ha de contener, pues todo término debe poseer una función específica.
Para Quiroga, el relato es una maquinaria perfectamente estructurada, en la cual no sobran ni faltan piezas.
En esta edición de Relatos de Horacio Quiroga, junto con Decálogo del perfecto cuentista hemos incluidos otras narraciones con el propósito de ofrecer una muestra lo más amplia posible de la producción quiroguiana. Les dejamos un comentario de algunos de ellos:

«La gallina degollada» narra la historia de un matrimonio, Mazzini-Ferraz, que tiene cuatro hijos que, tras sufrir de meningitis de pequeños, quedan afectados con severas incapacidades físicas y mentales. El matrimonio desgraciado tiene la fortuna de tener una hija sana, pero la felicidad dura poco en su hogar. La posibilidad de que la herencia biológica haya podido ser el motivo de la discapacidad de sus hijos, provoca en la relación entre los dos cónyuges un progresivo deterioro. Detrás de esta historia está latente el naturalismo determinista de finales del siglo XIX, una corriente literaria a la que Quiroga no permaneció ajeno.

«El desierto» contiene numerosos elementos autobiográficos. La situación del protagonista, un hombre que tras enviudar queda a cargo de sus hijos pequeños en un entorno selvático, es análoga a la que vivió Quiroga tras el suicidio de su primera esposa.

«El hombre muerto» un personaje anónimo se resiste a admitir su fin con una actitud de rebeldía mental.

 

Manual del perfecto cuentista
Una larga frecuentación de personas dedicadas entre nosotros a escribir cuentos, y alguna experiencia personal al respecto, me han sugerido más de una vez la sospecha de si no hay, en el arte de escribir cuentos, algunos trucos de oficio, algunas recetas de cómodo uso y efecto seguro, y si no podrían ellos ser formulados para pasatiempo de las muchas personas cuyas ocupaciones serias no les permiten perfeccionarse en una profesión mal retribuida por lo general y no siempre bien vista.
Esta frecuentación de los cuentistas, los comentarios oídos, el haber sido confidente de sus luchas, inquietudes y desesperanzas, han traído a mi ánimo la convicción de que, salvo contadas excepciones en que un cuento sale bien sin recurso alguno, todos los restantes se realizan por medio de recetas o trucos de procedimiento al alcance de todos, siempre, claro está, que se conozcan su ubicación y su fin.
Varios amigos me han alentado a emprender este trabajo, que podríamos llamar de divulgación literaria, si lo de literario no fuera un término muy avanzado para una anagnosia elemental.
Un día, pues, emprenderé esta obra altruista, por cualquiera de sus lados, y piadosa, desde otros puntos de vista.
Hoy apuntaré algunos de los trucos que me han parecido hallarse más a flor de ojo. Hubiera sido mi deseo citar los cuentos nacionales cuyos párrafos extracto más adelante. Otra vez será. Contentémonos por ahora con exponer tres o cuatro recetas de las más usuales y seguras, convencidos de que ellas facilitarán la práctica cómoda y casera de lo que se ha venido a llamar el más difícil de los géneros literarios.
Comenzaremos por el final. Me he convencido de que, del mismo modo que en el soneto, el cuento empieza por el fin. Nada en el mundo parecería más fácil que hallar la frase final para una historia que, precisamente, acaba de concluir. Nada, sin embargo, es más difícil.
Encontré una vez a un amigo mío, excelente cuentista, llorando, de codos sobre un cuento que no podía terminar. Faltábale solo la frase final. Pero no la veía, sollozaba, sin lograr verla así tampoco.
He observado que el llanto sirve por lo general en literatura para vivir el cuento, al modo ruso; pero no para escribirlo. Podría asegurarse a ojos cerrados que toda historia que hace sollozar a su autor al escribirla, admite matemáticamente esta frase final:

«¡Estaba muerta!»

Fragmento de la obra

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