Manifiesto de Montecristi

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El Manifiesto de Montecristi, redactado por José Martí y Máximo Gómez, es una declaración formal de guerra contra España. Así el Partido Revolucionario Cubano dio paso adelante en su programa de lucha por la Independencia de la Isla.
Se organizó un Ejército armado ocasión dirigido por Máximo Gómez y Antonio Maceo, entre otros oficiales. Muchos de ellos ya habían combatido en la guerra de 1868.
España desplegó alrededor de 300.000 soldados en Cuba y más tropas en Puerto Rico y Filipinas. La guerra que aquí se inició supuso el fin del sistema colonial español en Latinoamérica y Asia.
El Manifiesto de Montecristi propone una guerra justa entre caballeros cubanos y españoles y espera que la opinión pública peninsular entienda la causa cubana. También analiza la estructura social de Cuba y considera que en la Isla no se repetirían los errores de los anteriores procesos de Independencia latinoamericanos.
Un documento como este postula la primera gran utopía cubana. No por su aspiración a la Independencia sino por el hecho de que hay un interés geoestratégico en el rol que José Martí le asigna a Cuba y a la República que pretendía levantar tras la guerra.

La revolución de independencia, iniciada en Yara después de [s] preparación gloriosa y cruenta, ha entrado en Cuba en un nuevo período de guerra, en virtud del orden y acuerdos del Partido Revolucionario en el extranjero y en la Isla, y de la ejemplar congregación en él de todos los elementos consagrados al saneamiento y emancipación del país, para bien de América y del mundo; y los representantes electos de la revolución que hoy se confirma, [sus títulos] reconocen y acatan su deber, –sin usurpar el acento y las declaraciones sólo propias de la majestad de la república constituida, –de repetir ante la patria, que no se [debe] ha de ensangrentar sin razón, ni sin justa esperanza de triunfo los propósitos precisos, hijos del juicio y ajenos a la venganza, con que se ha compuesto, y llegará a su victoria racional, la guerra inextinguible que hoy lleva a los combates, en conmovedora y prudente democracia, los elementos todos de la sociedad de Cuba.
La guerra no es, en el concepto sereno de los que aún hoy la representan, y de la revolución pública y responsable que los eligió el insano triunfo de un partido cubano sobre otro, o la humillación siquiera de un grupo equivocado de cubanos; sino la demostración solemne de la voluntad de un país harto probado [para lanzarse a la ligera, viva aún la herida de] en la guerra anterior [,] para lanzarse a la ligera en un conflicto sólo [enca] terminable por la victoria o el sepulcro, sin causas bastante profundas para sobreponerse a las cobardías humanas y a sus [hábiles] varios disfraces, y sin determinación tan respetable [,]–por ir firmada por la muerte [,]–que debe imponer silencio a aquellos cubanos menos venturosos que no se sienten poseídos de igual fe en las capacidades de su pueblo ni de valor igual con que emanciparlo de su [infamia] servidumbre.
La guerra no es la tentativa caprichosa de una independencia más temible que útil, que sólo tendrían derecho a demorar o condenar los que mostrasen la virtud y el propósito de conducirla a otra más viable y segura, y que no debe en verdad apetecer un pueblo que no la pueda sustentar; sino el producto disciplinado de la resolución de hombres enteros que en el reposo de la experiencia se han decidido a encarar otra vez los peligros que conocen, y de la congregación cordial de los cubanos de más diverso origen, convencidos de que en la conquista de la libertad se adquieren mejor que en el abyecto abatimiento las virtudes necesarias para mantenerla.
La guerra no es contra el español, que, en el seguro de sus hijos y en el acatamiento a la patria que se ganen podrá [n] gozar respetado [s], y aun amado [s], de la libertad que sólo arrollará a los que le salgan, imprevisores, al camino. Ni del desorden, ajeno a la moderación probada del espíritu de Cuba, será cuna la guerra; ni de la tiranía. –Los que la fomentaron, y pueden aún llevar su voz, declaran en nombre de ella ante la patria su limpieza de todo odio, –su indulgencia fraternal para con los cubanos tímidos o equivocados, su [respeto] radical respeto al decoro del hombre, nervio del combate y [sostén de] cimiento de la república, –su certidumbre de la aptitud de la guerra para ordenarse de modo que contenga [a la vez] la redención que la inspira, la relación en que un pueblo debe vivir con los demás, y la realidad que la guerra es, y su terminante voluntad de respetar, y hacer que se respete, al español neutral y honrado, en la guerra y después de ella, y de ser piadosa con el arrepentimiento, e inflexible sólo con el vicio, el crimen y la inhumanidad. –En la guerra que se ha reanudado en Cuba no ve la revolución las causas del júbilo que pudiera embargar al heroísmo irreflexivo, sino las responsabilidades que deben preocupar a los fundadores de pueblos.

Fragmento del Manifiesto de Montecristi

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