Las manos blancas no ofenden

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ISBN tapa dura: 9788411263924
ISBN rústica tipográfica: 9788498164428

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Las manos blancas no ofenden es una farsa de amores cortesanos de Pedro Calderón de la Barca.
Esta obra juega con los límites del disfraz y del enredo amoroso en un contexto palatino. La protagonista Lisarda se transforma en Don César y César en Celia. Ambos persiguen a sus respectivos amados en la corte de Ursina. La obra se cierra cuando el protagonista renuncia a batirse en duelo con su agresor para lavar el honor, justifica el título que las manos blancas, de la mujer, no ofenden.
Esta obra fue una de las más célebres del autor. Se sabe que tuvo un gran número de representaciones, también numerosas ediciones durante los siglos XVII y XVIII. La primera de ellas es según Hartzenbuch de alrededor de 1640.

Jornada primera

(Salen Lisarda y Nise con mantos, y Patacón, vestido de camino.)

Lisarda: ¿Cuándo parte tu señor?

Patacón: Dentro de un hora se irá.

Lisarda: ¿No sabré yo dónde va?

Patacón: Aunque arriesgara el temor
de su enojo, lo dijera,
a saberlo, te prometo,
o por no guardar secreto
o por temer de manera
tu condición siempre altiva
que estoy temiendo, y no en vano,
cuando aquesta blanca mano,
por blanca que es, me derriba
dos o tres muelas siquiera,
como si tuviera yo
culpa en que se vaya o no.

Lisarda: ¿Tras el ausencia primera,
de que aun hoy quejosa vivo,
segunda ausencia previene?

Patacón: ¿Qué le hemos de hacer, si tiene
espíritu ambulativo?
El no puede estar parado.

Nise: Para reloj era bueno.

Patacón: Y aunque más se lo condeno,
es a ver tan inclinado
que, solamente por ver,
de una en otra tierra pasa,
siempre fuera de su casa.

Nise: Malo era para mujer.

Patacón: Pues nada a ti te pregunto,
calla, Nise; que es en vano
querer de mi canto llano
echarle tú el contrapunto.

Nise: Pues yo ¿qué digo?

Lisarda: Dejad
los dos tan necia porfía,
como veros cada día
opuestos; que es necedad
insufrible; y dime (¡ay cielo!)
¿dónde Federico está
ahora?

Patacón: Mientras que va
disponiendo mi desvelo
maletas y postas, él
salió; no sé dónde ha ido.

Lisarda Pues ya que a verle he venido
donde mi pena crüel,
si algún alivio me deja,
a vista de olvido tanto,
sin que yo sepa qué es llanto,
llegue él a saber qué es queja.
Búscale y dile que aquí
estoy.

Patacón Yo lo buscaré,
bien que dónde está no sé.
Mas Fabio, que viene allí,
quizá lo dirá.

Lisarda Aunque Fabio
no importara que me viera,
y vengar en él pudiera
con un agravio otro agravio,
con todo, en la galería
que cae sobre el Po, le espero
retirada; que no quiero
dar a la desdicha mía
otro testigo.

Patacón ¡Detente!

Lisarda ¿Por qué?

Patacón Porque en esta parte
esconderte hoy o taparte
tiene un grande inconveniente.

Lisarda ¿Y qué es?

Fragmento de la obra

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