Las cadenas del demonio

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ISBN rústica tipográfica: 9788498164398

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Las cadenas del demonio de Pedro Calderón de la Barca nos narra la historia de Irene, hija del rey de Armenia, Polemón. Irene vive desterrada por mandato de su padre. Este trata de evitar así el cumplimiento de los vaticinios que auguraban desgracias al reino tras su nacimiento.
La única presencia humana que conoce es la de sus servidoras Silvia y Flora, a través de las cuales tiene noticias del mundo exterior.
Su ánimo se desploma cuando le informan de que su padre ha decidido que le suceda en el trono uno de sus sobrinos, a los que ha llamado a su presencia. Éstos son Ceusis, ambicioso, soberbio y cruel, y Licanoro, de carácter débil y humilde.
Desesperada, Irene ofrece su alma al demonio a cambio de conseguir la libertad y su regreso al reino que le corresponde. El pacto queda sellado y el demonio consigue deslumbrar a la joven haciendo alarde de sus poderes mágicos.
La aparición de la figura de San Bartolomé va a cambiar el rumbo de los acontecimientos. Finalmente, el santo libera a Irene de los tormentos que la afligen, devolviendo a Irene la libertad de su alma, tras expulsar al demonio con la ayuda de la gracia divina.

Jornada primera

(Salen Irene, y Flora y Silvia deteniéndola.)

Irene: Dejadme las dos.

Flora: Señora,
mira…

Silvia: Oye…

Flora: Advierte…

Irene: ¿Qué tengo
de oír, advertir y mirar,
cuando miro, oigo y advierto
cuán desdichada he nacido,
solo para ser ejemplo
del rencor de la Fortuna
y de la saña del tiempo?
Dejad, pues, que con mis manos,
ya que otras armas no tengo,
pedazos del corazón
arranque, o que de mi cuello,
sirviéndome ellas de lazo,
ataje el último aliento;
si ya es que, porque no queden
de tan mísero sujeto
ni aun cenizas que ser puedan
leves átomos del viento,
no queráis que al mar me arroje
desde ese altivo soberbio
homenaje, en fatal ruina
de la prisión que padezco.

Silvia: ¡Sosiega!

Flora: ¡Descansa!

Silvia: ¡Espera!

Irene: ¿Qué descanso, qué sosiego
ha de tener quien no tiene
ni esperanza de tenerlo?

Silvia: El entendimiento sabe
moderar los sentimientos.

Irene: Ésa es opinión errada;
que antes el entendimiento
aflige más cuanto más
discurre y piensa en los riesgos.

Flora: Es verdad, pero también…

Irene: No prosigas; que no quiero
desaprovechar mis iras
ahora en tus argumentos.
Dejadme sola, dejadme,
idos, idos de aquí presto.

Flora: Dejémosla sola, pues
sabes que solo es el medio
de su furor el dejarla.

(Vanse Flora y Silvia.)

Irene: Ya se han ido. Ahora, cielos,
han de entrar con vuestras luces
en cuenta mis sentimientos.
¿Qué delito cometí
contra vosotros naciendo,
que fue de un sepulcro a otro
pasar no más, cuando veo
que la fiera, el pez y el ave
gozan de los privilegios
del nacer, siendo su estancia
la tierra, el agua y el viento?
¿A qué fin, dioses, echasteis
a mal en mi nacimiento
un alma con sus potencias
y sus sentidos, haciendo
nueva enigma de la vida
gozarla y perderla, puesto
que la tengo y no la gozo,
o la gozo y no la tengo?
O son justas o injustas
vuestras deidades, es cierto;
si justas, ¿cómo no os mueve
la lástima de mis ruegos?
Y si son injustas, ¿cómo
las da adoración el pueblo?
Ved que por entrambas partes
os concluye el argumento.
Responded a él… pero no
respondáis; porque no quiero
deberos esa piedad,
por no llegar a deberos
nada que esté en vuestra mano,
y de vosotros apelo
a los infernales dioses,
a quien vida y alma ofrezco,
dando por la libertad
alma y vida.

(Sale el Demonio.)

Demonio: Yo [la] acepto.

Irene: ¿Quién eres, gallardo joven,
que, si las noticias creo
de pintados simulacros
que en algunos cuadros tengo,
viva copia eres de aquel
ídolo que en nuestro templo,
con el nombre de Astarot,
adora todo este reino,
cuya opinión acredita
haber penetrado el centro
de esta ignorada prisión
sobre las alas del viento?

Fragmento de la obra

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