La velada del helecho

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ISBN rústica tipográfica: 9788496428003

La velada del helecho o El donativo del diablo se publicó en el Semanario Pintoresco Español, entre junio y julio de 1849. Está ambientada en la región de Gruyère, que hoy forma parte del cantón de Friburgo.
Gertrudis Gómez de Avellaneda reelabora una tradición folclórica de Suiza, país que ella nunca visitó. Dada la imposibilidad de tener acceso a la tradición oral viva, tan apreciada por los románticos, la autora lamenta en el párrafo inicial de La velada del helecho, no poder «conservarle toda la magia de su simplicidad», ni contarla «junto al fuego de la chimenea, en una fría y prolongada noche de diciembre», ni mucho menos de hacerlo apropiándose de «el tono, el gesto y las inflexiones de voz con que deben ser realzados en boca de los rústicos habitantes de aquellas montañas».
La velada del helecho es una novela corta dividida en siete partes. Esta leyenda se relata en una historia de amor contrariado e identidad ocultada, y se usa a modo de engaño para conseguir que se cumplan las condiciones necesarias para que se puedan casar los novios.
Los protagonistas de esta historia son Ida, hija del rico ganadero Juan Bautista Keller, y el huérfano Arnoldo Kessman, paje del conde de Montsalvens, que a causa de su pobreza no es aceptado como marido de Ida por el padre de la muchacha.
La fuente directa consultada por la autora podría ser el Dictionnaire géographique, statistique et historique du canton de Fribourg (1832) de Franz Kuenlin, donde encontramos una referencia a la costumbre de proteger el helecho. El núcleo de la leyenda es de un indudable origen folclórico ya que contiene elementos de amplia difusión en Europa, y la idea de que el helecho tiene poderes especiales en la noche de San Juan y protege contra Satanás.
Seguramente el hermano de doña Gertrudis escuchó o leyó en sus viajes la leyenda en torno a la cual se construyó La velada del helecho.
Sin embargo, la precisión, aunque no exenta de errores, de los datos geográficos e históricos seguramente se debe a las lecturas de la autora.

I
Al tomar la pluma para escribir esta sencilla leyenda de los pasados tiempos no se me oculta la imposibilidad en que me hallo de conservarle toda la magia de su simplicidad, y de prestarle aquel vivo interés con que sería indudablemente acogida por los benévolos lectores (a quienes la dedico), si en vez de presentársela hoy con las comunes formas de la novela, pudiera hacerles su revelación verbal junto al fuego de la chimenea en una fría y prolongada noche de diciembre; pero más que todo, si me fuera dado transportarlos de un golpe al país en que se verificaron los hechos que voy a referirles, y apropiarme por mi parte el tono, el gesto y las inflexiones de voz con que deben ser realzados en boca de los rústicos habitantes de aquellas montañas. No me arredraré, sin embargo, en vista de las desventajas de mi posición, y la historia cuyo nombre sirve de encabezamiento a estas líneas saldrá de mi pluma tal cual llegó a mis oídos en los acentos de un joven viajero, que tocándome muy de cerca por los vínculos de la sangre, me perdonará sin duda el que me haya decidido a confiársela a la negra prensa, desnuda del encanto con que su expresión la revestía.
Era la víspera del día en que solemniza la Iglesia la fausta natividad del precursor del Mesías. El Sol iba a ocultarse detrás de las majestuosas cimas del Moléson y del Jomman (en español Diente de Jaman), magníficas ramificaciones de los Alpes en la parte occidental de la Suiza, y la pequeña y pintoresca villa de Neirivue, situada a alguna distancia de las orillas del río Sarine en el cantón de Friburgo, presentaba en aquella tarde el espectáculo de un movimiento inusitado entre sus pacíficos moradores. La causa, sin embargo, no era otra que el estar convidados una parte de ellos, que en la época de nuestra historia no llegaban a doscientos, a pasar la velada en la casa del rico ganadero Juan Bautista Keller, poseedor del más grande y hermoso Chalet (o casería) de cuantos se conocían en Neirivue, el cual celebraba en él todos los años, en compañía de sus amigos, la noche que antecede a la festividad de su glorioso patrón.
Los viejos del país, que podían atestiguar la antigüedad que tenía en él la costumbre de solemnizar la mencionada noche con una alegre velada, acudían gozosos a tomar parte en la fiesta del espléndido Keller, que en tales circunstancias ponía a disposición de sus convidados los más exquisitos productos de su quesera, y los mejores vinos de Berna y de Friburgo. Los mozos, por su parte, no desperdiciaban la ocasión de ir a solazarse un poco de las fatigas de sus diarias faenas, animado además, cada uno de ellos con la lisonjera esperanza de merecer la dicha de bailar con la joven Ida Keller, que no era solamente una de las más ricas herederas del lugar, sino también la más apuesta y gentil doncella de cuantas pudieran encontrarse en muchas leguas a la redonda. A pesar de esto era tan modesta y tan amable la hija de Juan Bautista, que la querían de todo corazón sus compañeras, y andaban también muy listas en ir a felicitarla por el santo de su padre, ataviándose por tan plausible motivo con sus galas de los domingos.

Fragmento de la obra

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