La fuerza de la sangre

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ISBN rústica tipográfica: 9788498163742

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La fuerza de la sangre es una de las doce novelas ejemplares publicadas por Miguel de Cervantes Saavedra en 1613. Se trata de una narración profunda y fascinante que utiliza la perspectiva de una mujer violada para explorar temas de justicia, honor, redención y amor en el contexto social y cultural del siglo XVII en España.
El relato se centra en Leocadia, una joven de hermosura y modestia excepcionales, que es secuestrada y violada por un libertino de una familia noble de Toledo. Leocadia es vendada durante el ataque, lo que le impide identificar a su agresor. Sin embargo, mediante su ingenio y observación aguda, es capaz de recopilar pruebas y deducir la identidad del culpable.
La historia se convierte en un relato casi policiaco en el que Leocadia, la víctima, se convierte en detective para buscar justicia. La trama se complica aún más cuando la madre del violador descubre lo ocurrido e intenta reparar el daño causado mediante el matrimonio entre Leocadia y su agresor, en un intento por salvar la honra de ambas familias.
Esta maniobra, aunque en la actualidad nos resulte controvertida e incluso escandalosa, en el contexto histórico y cultural del siglo XVII en España era una forma común de manejar situaciones similares. Se creía que al casarse, la víctima recuperaba su honor y se evitaba el estigma social del nacimiento ilegítimo de cualquier hijo que pudiera surgir de la violación.
La fuerza de la sangre es un claro ejemplo de la habilidad de Cervantes para fusionar elementos de drama, misterio y crítica social en un relato convincente. Además, demuestra su interés en explorar las experiencias y perspectivas de los personajes femeninos, un aspecto en el que fue notablemente avanzado para su tiempo.

Una noche de las calurosas del verano volvían de recrearse del río en Toledo un anciano hidalgo con su mujer, un niño pequeño, una hija de edad de diez y seis años y una criada. La noche era clara, la hora las once, el camino solo, y el paso tardo por no pagar con cansancio la pensión que traen consigo las holguras que en el río o en la vega se toman en Toledo. Con la seguridad que promete la mucha justicia y bien inclinada gente de aquella ciudad, venía el buen hidalgo con su honrada familia, lejos de pensar en desastre que sucederles pudiese. Pero como las más de las desdichas que vienen no se piensan, contra todo su pensamiento les sucedió una que les turbó la holgura, y les dio que llorar muchos años.
Hasta veinte y dos tendría un caballero de aquella ciudad a quien la riqueza, la sangre ilustre, la inclinación torcida, la libertad demasiada y las compañías libres le hacían hacer cosas y tener atrevimientos que desdecían de su calidad, y le daban renombre de atrevido. Este caballero pues (que por ahora, por buenos respetos encubriendo su nombre, le llamaremos con el de Rodolfo), con otros cuatro amigos suyos, todos mozos, todos alegres y todos insolentes, bajaba por la misma cuesta que el hidalgo subía. Encontráronse los dos escuadrones, el de las ovejas con el de los lobos; y con deshonesta desenvoltura Rodolfo, y sus camaradas, cubiertos los rostros, miraron los de la madre y de la hija, y de la criada.
Alborotóse el viejo y reprochóles y afeóles su atrevimiento; ellos le respondieron con muecas y burla, y sin desmandarse a más, pasaron adelante. Pero la mucha hermosura del rostro que había visto Rodolfo, que era el de Leocadia, que así quieren que se llamase la hija del hidalgo, comenzó de tal manera a imprimírsele en la memoria que le llevó tras sí la voluntad y despertó en él un deseo de gozarla a pesar de todos los inconvenientes que sucederle pudiesen. Y en un instante comunicó su pensamiento con sus camaradas, y en otro instante se resolvieron de volver y robarla por dar gusto a Rodolfo, que siempre los ricos que dan en liberales hallan quien canonice sus desafueros, y califique por buenos sus malos gustos. Y así el nacer el mal propósito, el comunicarle y el aprobarle y el determinarse de robar a Leocadia y el robarla casi todo fue en un punto.
Pusiéronse los pañizuelos en los rostros y desenvainadas las espadas, volvieron, y a pocos pasos alcanzaron a los que no habían acabado de dar gracias a Dios, que de las manos de aquellos atrevidos les había librado. Arremetió Rodolfo con Leocadia, y cogiéndola en brazos, dio a huir con ella, la cual no tuvo fuerzas para defenderse, y el sobresalto le quitó la voz para quejarse, y aun la luz de los ojos, pues desmayada y sin sentido, no vio quién la llevaba, ni adónde la llevaban. Dio voces su padre, gritó su madre, lloró su hermanico, arañóse la criada; pero ni las voces fueron oídas, ni los gritos escuchados, ni movió a compasión el llanto, ni los araños fueron de provecho alguno; porque todo lo cubría la soledad del lugar y el callado silencio de la noche, y las crueles entrañas de los malhechores. Finalmente, alegres se fueron los unos, y tristes se quedaron los otros.

Fragmento de la obra

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