El préstamo de la difunta

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ISBN tapa dura: 9788411264440
ISBN rústica tipográfica: 9788499531151

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El préstamo de la difunta es una colección de relatos escrita por Vicente Blasco Ibáñez que nos lleva en un recorrido literario por diversos escenarios globales. Desde los Andes hasta la Primera Guerra Mundial en Francia, pasando por México, Estados Unidos y España, los relatos se caracterizan por una profunda diversidad de escenarios y personajes. Este compendio de cuentos muestra la versatilidad del autor, y explora temas universales como el conflicto, la moralidad y la complejidad humana.
Uno de los puntos más fuertes de la colección es su diversidad geográfica y temática. Cada relato nos sitúa en un contexto completamente distinto, lo que permite a Blasco Ibáñez explorar una amplia gama de temas y personajes. Desde combatientes en la guerra hasta viajeros en un tren hacia Italia, y escritores que luchan con su pluma en un ambiente político volátil, la colección es una auténtica paleta de la condición humana.
El relato que da título a la colección, El préstamo de la difunta, es una inmersión en la cultura y las tradiciones de una pequeña comunidad en los Andes. Con un riquísimo detalle, el autor nos lleva a través de la procesión del «Señor del Milagro», mostrando no solo la devoción religiosa sino también las complejidades sociales y económicas de la vida en una pequeña comunidad de montaña.
El préstamo de la difunta es una obra rica y diversa que destaca tanto por su variedad de escenarios como por la profundidad de sus personajes. Cada relato es una ventana a un mundo distinto, pero todos comparten un hilo común: la exploración de la complejidad humana en sus múltiples facetas. Vicente Blasco Ibáñez demuestra una vez más su habilidad para capturar la esencia de los ambientes y las personas que los habitan, ofreciendo a los lectores una visión multifacética de la vida y la moralidad.

I
Cuando los vecinos del pequeño valle enclavado entre dos estribaciones de los Andes se enteraron de que Rosalindo Ovejero pensaba bajar a la ciudad de Salta para asistir a la procesión del célebre Cristo llamado «el Señor del Milagro», fueron muchos los que le buscaron para hacerle encomiendas piadosas.
Años antes, cuando los negocios marchaban bien y era activo el comercio entre Salta, las salitreras de Chile y el Sur de Bolivia, siempre había arrieros ricos que por entusiasmo patriótico costeaban el viaje a todos sus convecinos, bajando en masa del empinado valle para intervenir en dicha fiesta religiosa. No iban solos. El escuadrón de hombres y mujeres a caballo escoltaba a una mula brillantemente enjaezada llevando sobre sus lomos una urna con la imagen del Niño Jesús, patrón del pueblecillo.
Abandonando por unos días la ermita que le servía de templo, figuraba entre las imágenes que precedían al Señor del Milagro, esforzándose los organizadores de la expedición para que venciese por sus ricos adornos a los patrones de otros pueblos.
El viaje de ida a la ciudad solo duraba dos días. Los devotos del valle ansiaban llegar cuanto antes para hacer triunfar a su pequeño Jesús. En cambio, el viaje de vuelta duraba hasta tres semanas, pues los devotos expedicionarios, orgullosos de su éxito, se detenían en todos los poblados del camino.
Organizaban bailes durante las horas de gran calor, que a veces se prolongaban hasta medianoche, consumiendo en ellos grandes cantidades de mate y toda clase de mezcolanzas alcohólicas. Los que poseían el don de la improvisación poética cantaban, con acompañamiento de guitarra, décimas, endechas y tristes, mientras sus camaradas bailaban la zamacueca chilena, el triunfo, la refalosa, la mediacaña y el gato, con relaciones intercaladas.
Algunas veces, este viaje, en el que resultaban más largos los descansos que las marchas, se veía perturbado por alguna pelea que hacía correr la sangre; pero nadie se escandalizaba, pues no es verosímil que una gente que va con armas y ha hecho viajes a través de los Andes pueda vivir en común durante varias semanas, bailando y bebiendo con mujeres, sin que los cuchillos se salgan solos de sus fundas.
Ahora ya no habían arrieros gananciosos que dedicasen unas cuantas docenas de onzas de oro al viaje del Niño Jesús y de sus devotos. Los más ricos se habían ido del pueblecillo; solo quedaban arrieros pobres, de los que aceptan un viaje a El Paposo en Chile o a Tarija en Bolivia por lo que quieren darles los comerciantes de Salta.

Fragmento de la obra

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