El hospedador de provincia

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ISBN rústica tipográfica: 9788498160598

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«El hospedador de provincia», escrito por Ángel Saavedra, Duque de Rivas, es un agudo retrato social y un comentario sobre la tradición de hospitalidad en la España del siglo XIX. Saavedra, a través de una narrativa detallada y reflexiva, examina la figura del hospedador de provincia, un personaje que, según él, representa tanto una virtud estimable como una faceta problemática de la sociedad española.
El autor inicia con una descripción del hospedador de provincia como un tipo social inmutable, una «planta indígena» de la sociedad española, que se complace en alojar y atender a los viajeros. Saavedra señala que, si bien esta práctica de hospitalidad es vista como una obra de misericordia y un deber religioso y humano, no siempre resulta en una experiencia agradable para el viajero. De hecho, el autor sugiere que, en ocasiones, el hospedador puede convertirse en un verdugo atormentador para el fatigado viajero, más que en un proveedor de confort y refugio.
El texto también reflexiona sobre la naturaleza de la hospitalidad como una virtud más común en las sociedades menos civilizadas o en las etapas tempranas de desarrollo social, donde la hospitalidad no era solo una virtud, sino también un deber religioso y un creador de vínculos entre personas y comunidades. Saavedra sugiere que, en los contextos más civilizados, esta práctica puede perder su valor y transformarse en algo menos genuino y más problemático.
La obra de Saavedra es una crítica a una costumbre social y reflexiona sobre cómo las tradiciones pueden ser reinterpretadas y cómo pueden cambiar sus significados y efectos en diferentes contextos sociales y temporales. A través de su descripción del hospedador de provincia, Saavedra brinda una visión perspicaz de las complejidades de la hospitalidad y su lugar en la cultura española.

¿Quién podrá imaginar que el hombre acomodado que vive en una ciudad de provincia, o en un pueblo de alguna consideración y que se complace en alojar y obsequiar en su casa a los transeúntes que le van recomendados, o con quienes tiene relación, es un tipo de la sociedad española y un tipo que apenas ha padecido la más ligera alteración en el trastorno general, que no ha dejado títere con cabeza? Pues sí, pío lector; ese benévolo personaje que se ejercita en practicar la recomendable virtud de la hospitalidad, y a quien llamaremos el Hospedador de provincia, es una planta indígena de nuestro suelo, que se conserva inalterable, y que vamos a procurar describir con la ayuda de Dios.
Recomendable virtud hemos llamado a la hospitalidad, y recomendada la vemos en el catálogo de las obras de misericordia, siendo una de ellas dar posada al peregrino, y otra, dar de comer al hambriento. Esto basta para que, el que en ellas se ejercite, cumpla con un deber de la humanidad y de la religión, y desde este punto de vista no podemos menos de tributar los debidos elogios al hospedador de provincia. Pero, ¡ay!, que si a veces es un representante de la Providencia, es más comúnmente un cruel y atormentador verdugo del fatigado viajero, una calamidad del transeúnte, un ente vitando para el caminante. Y lo que es yo, pecador que escribo estos renglones, quisiera, cuando voy de viaje, pasar antes la noche al raso o

en un pastoril albergue
que la guerra entre unos robles
lo olvidó por escondido
o lo perdonó por pobre,

que en la morada de un hacendado de lugar, de un caballero de provincia o de un antiguo empleado que haya tenido bastante maña o fortuna para perpetuarse en el rincón de una administración Rentas o de una Contaduría subalterna.
Virtud cristiana y recomendada por el Catecismo es la hospitalidad; pero virtud propia de los pueblos donde la civilización ha hecho escasos progresos. Así se ve que los países semisalvajes son los más hospitalarios del mundo, y se sabe que en la infancia de las sociedades, la hospitalidad era no solo una virtud eminente, sino un deber religioso, indeclinable, y del que nacían vínculos indisolubles entre los individuos, entre las familias y entre los pueblos.

Fragmento de la obra

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