El discreto

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ISBN rústica tipográfica: 9788411267977

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El Discreto (1646), es un manual práctico de Baltasar Gracián, perteneciente al género de la prosa didáctica. En él se describe cómo tiene que ser el hombre inteligente y discreto en la España del siglo XVII. Con esta obra Gracián continúa en la línea de sus anteriores obras dedicadas a la filosofía moral.
Está dividida en veinticinco realces (es decir, virtudes que realzan la sabiduría, la elegancia, la cultura, la buena educación y el comportamiento adecuado del hombre discreto). Este libro de Gracián propone —entre otros requisitos para alcanzar la plena discreción— ejercitar siempre

  • «el genio y el ingenio»,
  • «no ser desigual»,
  • «no estar siempre de burlas»,
  • «no rendirse al humor».

Natu­raleza y arte, inteligencia y actividad prác­tica («genio e ingenio») son cualidades esen­ciales para toda persona que, a pesar de afirmarse por lo que es, conoce los límites y los respeta y no sacrifica a los demás para su propio beneficio. 
El Discreto presenta divergencias importantes respecto a sus libros anteriores. En cuanto al contenido, el protagonista ya no es un hombre excepcional, como sucedía en su obra precedente El Héroe. Ahora se trata de un hombre prudente, que necesita muchas cualidades para desenvolverse en sociedad.
A dife­rencia de El héroe que aspiraba a la formación del perfecto hombre de estado, aquí Gracián explica por partes los aspectos típicos, sin­gulares y eminentes, que son propios del hombre de mundo cuando sabe realizarse en sociedad.

A los lectores

Don Vincencio Juan de Lastanosa

El cuarto (que es calidad) de los trabajos de un amigo doy al lucimiento. Muchos faltan hasta doce, que aspiran a tanta emulación. Puedo asegurar que no le desaniman al presente los pasados, aunque el primero fue un Héroe, cuya mayor gloria no es haberse visto impreso tantas veces y en tantas leguas, todas de su fama; no haber sido celebrado de las más cultas naciones; no haberle honrado tanto algunos escritores, que injirieron capítulos enteros en sus eruditas obras, como lo es El Privado Cristiano. Su verdadero aplauso, y aun su vida, fueron estas reales palabras que dijo, habiéndose dignado de leerle el gran Filipo IV de las Españas: «Es muy donoso este brinquiño; asegúroos que contiene cosas grandes». Que fue lo mismo que laurearlo de inmortal. Tampoco le retira la crisis real aquella célebre Política del rey clon Fernando el Católico, que a votos de juiciosos es lo mejor de este autor. No la prodigiosa Arte de Agudeza, por lo raro, erudito e ingenioso, que antes de ella se tenía por imposible hallarle arte al ingenio. Contentole tanto a un genovés, que la tradujo luego en italiano, y aun se la apropió, que no se contentan éstos con traducir el oro y plata de España, sino que quieren chuparla hasta los ingenios. Ninguno, pues, de los que le preceden, juzgaría que le espanta, si los que le siguen, especialmente un Atento y un Galante, que le vienen ya a los alcances y le han de pasar a non plus ultra.
Mas a dos géneros de lectores he oído quejarse de estas obras; a unos de las cosas y a otros del estilo; aquéllos por sobra de estimación, y éstos por deseársela. Objetan los primeros, y aun se lastimaba la Fénix de nuestro siglo para toda una eternidad, la excelentísima señora Condesa de Aranda, en fe de sus seis inmortales plumas, de que materias tan sublimes, dignas de solos Héroes, se vulgarizasen con la estampa y que cualquier plebeyo, por precio de un real, haya de malograr lo que no le tiene. Oponen los segundos que este modo de escribir puntual, en este estilo conciso, echa a perder la lengua castellana, destruyendo su claridad, que ellos llaman pureza. ¡Oh, cómo solemnizara este vulgar cargo, si lo oyera, el crítico Barclayo, y aun lo añadiera a su Satiricón, donde apasionadamente condena a barbaridad la española llaneza en sus escritores!
Intento responder a entrambos de una vez, y satisfacer a los unos con los otros, de suerte que la objeción primera sea solución de la segunda, y la segunda, de la primera. Digo, pues, que no se escribe para todos, y por eso es de modo que la arcanidad del estilo aumente veneración a la sublimidad de la materia, haciendo más veneradas las cosas el misterioso modo del decirlas. Que no echaron a perder Aristóteles ni Séneca las dos lenguas, griega y latina, con su escribir recóndito. Afectáronle, por no vulgarizar entrambas filosofías, la natural aquél y la moral éste, por más que el Momo inútil los apode a entrambos, de jibia al uno y de arena sin cal al otro.
Merezca, lector discreto, o porque lo eres o para que lo seas, tener vez este arte de Entendidos, estos aforismos de prudencia, en tu gusto y tu provecho.

Fragmento de la obra

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