El diablo cojuelo

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ISBN tapa dura: 9788411260701
ISBN rústica tipográfica: 9788498168662

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En El diablo cojuelo Luis Vélez de Guevara relata la historia de un estudiante, don Cleofás Leandro Pérez Zambullo, quien, huyendo de la justicia por los tejados de Madrid —lío de faldas por medio— acaba en una buhardilla. En una redoma allí dejada encuentra un diablo hecho prisionero por un astrólogo. Liberado por el estudiante, el diablo se le presenta.
Es el Diablo Cojuelo; cojo por ser el primero en rebelarse contra Dios, el primero en caer y, por tanto, quien soportó el peso de todos los diablos que fueron expulsados y cayeron sobre él. En su currículum y oficio se define como metomentodo, pulga del infierno, el chisme, el enredo y la usura; autor de bailes y festejos son su hacer.
El diablo, agradecido a don Cleofás, le ayuda a escapar —volando— de la buhardilla. Y, de paso, le abre los tejados de Madrid y le descubre lo que hay debajo de ellos. As el estudiante aprenda las miserias, los engaños y las verdades nunca dichas de sus conciudadanos.

Daban en Madrid, por los fines de julio, las once de la noche en punto, hora menguada para las calles y, por faltar la Luna, jurisdicción y término redondo de todo requiebro lechuzo y patarata de la muerte. El Prado boqueaba coches en la última jornada de su paseo, y en los baños de Manzanares los Adanes y las Evas de la Corte, fregados más de la arena que limpios del agua, decían el Ite, río es, cuando don Cleofás Leandro Pérez Zambullo, hidalgo a cuatro vientos, caballero huracán y encrucijada de apellidos, galán de noviciado y estudiante de profesión, con un broquel y una espada, aprendía a gato por el caballete de un tejado, huyendo de la justicia, que le venía a los alcances por un estupro que no lo había comido ni bebido, que en el pleito de acreedores de una doncella al uso estaba graduado en el lugar veintidoseno, pretendiendo que el pobre licenciado escotase solo lo que tantos habían merendado; y como solicitaba escaparse del «para en uno son» (sentencia definitiva del cura de la parroquia y auto que no lo revoca si no es el vicario Responso, juez de la otra vida), no dificultó arrojarse desde el ala del susodicho tejado, como si las tuviera, a la buharda de otro que estaba confinante, nordesteado de una luz que por ella escasamente se brujuleaba, estrella de la tormenta que corría, en cuyo desván puso los pies y la boca a un mismo tiempo, saludándolo como a puerto de tales naufragios y dejando burlados los ministros del agarro y los honrados pensamientos de mi señora doña Tomasa de Bitigudiño, doncella chanflona que se pasaba de noche como cuarto falso, que, para que surtiese efecto su bellaquería, había cometido otro estelionato más con el capitán de los jinetes a gatas que corrían las costas de aquellos tejados en su demanda y volvían corridos de que se les hubiese escapado aquel bajel de capa y espada que llevaba cautiva la honra de aquella señora mohatrera de doncellazgos, que juraba entre sí tomar satisfacción de este desaire en otro inocente, chapetón de embustes doncelliles, fiada en una madre que ella llamaba tía, liga donde había caído tanto pájaro forastero.

Fragmento de la obra

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