El comendador Mendoza

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ISBN tapa dura: 9788411263634
ISBN rústica tipográfica: 9788498163209

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El comendador Mendoza, de Juan Valera (1876), sitúa los acontecimientos en 1794. Don Fabrique López de Mendoza vuelve a su pueblo natal, Villabermeja, ya con cincuenta años, después de haber llevado una vida llena de aventuras y haber ganado honores y fortuna en lugares remotos. Don Fabrique combate en La Habana contra la flota de Pocock y gana honores en aquella batalla. Así vuelve a su pueblo. Es un hombre con un temperamento liberal que le acerca a las ideas de los enciclopedistas franceses y la filosofía naturalista.
Don Fabrique personaje peculiar, conocido como el Comendador, tuvo relaciones ilícitas en su juventud con doña Blanca Roldán, esposa del hacendado don Valentín de Solís. De estos amores ilegítimos nació una niña llamada Clara. En edad de contraer matrimonio, su madre, doña Blanca, quiere remediar de algún modo el desliz cometido cuando era solo una muchacha. A este efecto concibe dos soluciones:

  • Primera, que casar a su hija con don Casimiro, heredero de don Valentín. Esta primera solución se desvanece ante la repugnancia de Clara a unirse a un hombre mucho mayor que ella y además está enamorada de don Carlos de Atienza, estudiante de Derecho.
  • La segunda solución, es que abrace la vida monacal.

La astucia y el carisma de don Fabrique evitan que Clara se encierre en un convento y consigue que ésta se una a su amado Carlos.

A pesar de los quehaceres y cuidados que me retienen en Madrid casi de continuo, todavía suelo ir de vez en cuando a Villabermeja y a otros lugares de Andalucía, a pasar cortas temporadas de uno a dos meses.
La última vez que estuve en Villabermeja ya habían salido a luz Las Ilusiones del doctor Faustino.
Don Juan Fresco me mostró en un principio algún enojo de que yo hubiese sacado a relucir su vida y las de varios parientes suyos en un libro de entretenimiento, pero al cabo, conociendo que yo no lo había hecho a mal hacer, me perdonó la falta de sigilo. Es más: don Juan aplaudió la idea de escribir novelas fundadas en hechos reales, y me animó a que siguiese cultivando el género. Esto nos movió a hablar del comendador Mendoza.
—¿El vulgo —dije yo—, cree aún que el comendador anda penando, durante la noche, por los desvanes de la casa solariega de los Mendozas, con su manto blanco del hábito de Santiago?
—Amigo mío —contestó don Juan—, el vulgo lee ya El Citador y otros libros y periódicos librepensadores. En la incredulidad, además, está como impregnado el aire que se respira. No faltan jornaleros escépticos; pero las mujeres, por lo común, siguen creyendo a pie juntillas. Los mismos jornaleros escépticos niegan de día y rodeados de gente, y de noche, a solas, tienen más miedo que antes de lo sobrenatural, por lo mismo que lo han negado durante el día. Resulta, pues, que, a pesar de que vivimos ya en la edad de la razón y se supone que la de la fe ha pasado, no hay mujer bermejina que se aventure a subir a los desvanes de la casa de los Mendozas sin bajar gritando y, afirmando a veces que ha visto al comendador, y apenas hay hombre que suba solo a dichos desvanes sin hacer un grande esfuerzo de voluntad para vencer o disimular el miedo. El comendador, por lo visto, no ha cumplido aún su tiempo de purgatorio, y eso que murió al empezar este siglo. Algunos entienden que no está en el purgatorio, sitio en el infierno; pero no parece natural que, si está en el infierno, se le deje salir de allí para que venga a mortificar a sus paisanos. Lo más razonable y verosímil es que esté en el purgatorio, y esto cree la generalidad de las gentes.
—Lo que se infiere de todo, ora esté el comendador en el infierno, ora en el purgatorio, es que sus pecados debieron de ser enormes.
—Pues, mire usted —replicó don Juan Fresco—, nada cuenta el vulgo de terminante y claro con relación al comendador. Cuenta, sí, mil confusas patrañas. En Villabermeja se conoce que hirió más la imaginación popular por su modo de ser y de pensar que por sus hechos. Sus hechos conocidos, salvo algún extravío de la mocedad, más le califican de buena que de mala persona.
—De todos modos, ¿usted cree que el comendador era una persona notable?
—Y mucho que lo creo. Yo contaré a usted lo que sé de él, y usted juzgará.
Don Juan Fresco me contó entonces lo que sabía acerca del comendador Mendoza. Yo no hago más que ponerlo ahora por escrito.

Fragmento de la obra

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