Donde no hay agravios no hay celos

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ISBN rústica tipográfica: 9788498162196

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Donde no hay agravios no hay celos, de Francisco de Rojas Zorrilla, cuenta una historia de enredos en que se mezclan el amor, el deseo, la venganza, las diferencias sociales, los engaños, los agravios… Así se traza un laberinto de relatos del que solo se sale al final.
A continuación describimos el argumento. El personaje de Don Juan regresa a Madrid desde Flandes junto a Sancho, su gracioso y bruto criado. Después de pasar por Burgos y recibe la luctuosa noticia de la muerte de su hermano y la desaparición de su hermana Doña Ana.
Más tarde, una noche, mientras va a buscar a su prometida, Doña Inés de Rojas, a la que no conoce más que por un retrato, se entera de que la dama ha recibido por equivocación, no su propio retrato sino el de su criado Sancho.
Donde no hay agravios no hay celos alcanza en este punto el clímax de la tragedia y el enredo. Sin embargo, hacia la última parte de la obra Rojas Zorrilla va resolviendo cada uno de los hilos de su relato para conducirnos a un final sorprendente.

Jornada primera

(Salen Sancho y don Juan, de camino, con botas y espuelas.)

Sancho: O es que te has endemoniado,
o es que lo que haces ignoras;
en la corte y a estas horas,
¿qué buscas recién llegado?
¿dónde tu discurso va?
¿qué es lo que intentas hacer?

Don Juan: Calla, necio; ésta ha de ser
la gran calle de Alcalá,
que turbada mariposa
buscó mi llama o mi estrella.

Sancho: ¿Qué quieres hacer en ella?

Don Juan: Aquí ha de vivir mi esposa.

Sancho: El juicio hemos de perder
si hay alguno que perdamos.
¿No asamos y ya pringamos?
¿Al primer tapón mujer?
Que estás cansado imagina;
mira que las doce han dado.
¿Tan llanos han caminado
mi morlón y tu frontina?
Volvemos, por Dios, podremos
a dormir a la posada
que ya dejamos tomada.

Don Juan: En tanto que no sabemos
cuál de aquestas casas es
(sea amor o sea desvelo)
adonde se oculta el cielo
de mi hermosa doña Inés,
bien puedes tener por cierto
que no habrá descanso igual.

Sancho: Acuérdate, hombre mortal,
que hoy hemos pasado el Puerto,
y por el bendito Dios
que te acuerdes de por sí,
que hay desde Burgos aquí
muy largas cuarenta y dos;
y no seas tan reacio,
sobre novio, que me pesa,
que tomes hoy tan de priesa,
lo que ha de ser tan despacio.

Don Juan ¡Ay, Sancho! que su hermosura
aun pintado, me ha abrasado.

Sancho Hombre que se ha enamorado
no más que por la pintura,
porque a castigar se empiece
su amorosa desvergüenza,
ser sacada a la vergüenza
del desengaño merece.
Dime, Señor, por tu vida,
engáñete o no el primor,
¿ha de pintarte el pintor
si es tu mujer presumida,
si es necia o es recatada;
advertirate fiel
muy solícito el pincel
si es sucia o desaliñada?
¿Del pincel colegirás
(por más que avise elegante),
si tiene dientes delante,
si guarda corcova atrás?
¿Advertirate el retrato
con curiosa perfección
lo que hay en su inclinación,
lo que hallarás en su trato?
Porque esto solo ha de ser,
aunque más quieras culpar,
lo que se ha de examinar
en una propia mujer;
pues si no has averiguado
(de tus celos enemigo),
nada de esto que le digo,
¿de qué te has enamorado?

Fragmento de la obra

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