Doña Luz

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ISBN rústica ilustrada: 9788499530635

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Doña Luz (1879) es la quinta novela del autor, publicada por primera vez en la Revista Contemporánea entre noviembre de 1878 y marzo de 1879. Aquí se relata la historia de una joven huérfana, hija de un marqués, cuya belleza y honestidad le ganan las simpatías de la gente y los corazones de diversos pretendientes.
Luz es educada por su padre, el marqués de Villafría, su madre ­­—una mujer de dudosa procedencia— muere cuando ella tiene dos años. A pesar de pertenecer a la alta sociedad de Madrid, su padre y ella deciden mudarse a Andalucía.
Una vez instalados en Villafría, el marqués, que está arruinado, muere. Previo al deceso, deja a don Acisclo —administrador familiar— a cargo de Luz. Pasado el tiempo, la joven se convierte en una mujer educada y sin planes de matrimonio. Pero todo cambia cuando conoce al fraile dominico Enrique y al militar don Jaime Pimentel.
Como también ocurre en Pepita Jiménez, Valera vuelve a plantear el antagonismo entre amor humano y amor divino, pero esta vez, con un final trágico. En Doña Luz se muestra la imposibilidad de la armonía en el amor, entre la carne y el espíritu, y la única solución a este conflicto es aquí el platonismo místico.
Las novelas de Valera están protagonizadas por personajes femeninos, libres e independientes, con un amor apasionado y una firme decisión de conquista y poder sobre los hombres. En muchos casos, como pasa en Doña Luz, aspiran a un ideal y son víctimas de este deseo imposible.
Como en Pepita Jiménez, en Doña Luz y en El doble sacrificio, encontramos de nuevo el problema de la crisis sacerdotal, aunque en el caso del padre Enrique y Doña Luz, el autor se decidirá por una solución mística.

I. El Marqués y su administrador
No todas las historias que yo refiero han de ocurrir en Villabermeja. Hoy he de contar una muy interesante ocurrida, pocos años ha, en otro lugar cercano, que llamaremos Villafría, reservando para mayores cosas su verdadero nombre. Por lo demás, entre Villabermeja y Villafría no se da diferencia muy notable; pues, si bien Villabermeja posee un santo patrono más milagroso, Villafría goza de término más rico, de más población, de mejores casas, y de más pudientes hacendados.
Entre éstos descollaba el señor don Acisclo, así llamado desde que cumplió cuarenta y cinco años, y que sucesivamente había sido antes, hasta la edad de veintiocho a treinta, Acisclillo y tío Acisclo después. El don vino y se antepuso, por último, al Acisclo, en virtud del tono y de la importancia que aquel señor acertó a darse con los muchos dineros que honrada y laboriosamente había sabido adquirir.
Su buena fama trascendía por toda la provincia. No le estimaban sólo como a persona que tiene el riñón bien cubierto, y que no se dejaría ahorcar por dos o tres milloncejos de reales, sino que era preconizado como sujeto muy cabal, formalísimo en sus tratos y seguro hasta la pared de enfrente, y como tan recto, devoto de María Santísima y temeroso de Dios, que casi, casi estaba en olor de santidad, a pesar de las malas lenguas, que no faltan nunca.
Lo cierto es que don Acisclo había sabido conciliar su medro con la probidad y la justicia. Había sido administrador del marqués de Villafría, durante veinte años lo menos, y se había compuesto de manera que todos los bienes del marquesado habían ido poco a poco pasando de las manos de su señoría a sus manos más ágiles y guardosas.

Fragmento de la obra

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