Don Lorenzo Tostado

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ISBN rústica ilustrada: 9788498163162

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Don Lorenzo Tostado forma parte de la segunda parte de la trayectoria literaria de Juan Valera, junto con Elisa, la Malagueña y Mariquita y Antonio. Este relato breve consta de seis capítulos, en los que básicamente se describe la realidad cotidiana del protagonista, sus numerosos aspectos personales y su relación con su entorno, donde la lectura cuenta sobremanera y menos el contacto directo con las gentes.
El siguiente fragmento de Don Lorenzo Tostado contribuye a confirmar la naturaleza del personaje principal del relato:

«Días y noches paso sin ver a nadie, y para consuelo y distracción me entro por los libros, como Santiago por los moros, y de la descripción de un raro anfibio, paso a las estrategias de Polibio; por lo cual me temo que vaya a volverme sabio, contra mi voluntad.»

Don Lorenzo Tostado

I

Dos veces a la semana, jueves y domingos, abría sus salones el señor don Lorenzo Tostado y tenía tertulia en su magnífica casa de cierto lugar de la provincia de Córdoba, cuyo verdadero nombre me conviene encubrir, llamándole Villaverde. Las personas más pudientes y encopetadas acudían allí a solazarse. Había dos y hasta tres mesas de tresillo, billar y periódicos para los hombres más políticos, graves y maduros. Las viejas solían entretenerse jugando a la lotería. Y la gente joven, caballeretes y señoritas, ya hacían juegos de prendas, ya bailaban, y siempre charlaban, reían y se divertían. Ni faltaba, en ocasiones, quien cantase al piano algo serio y difícil de óperas italianas, ni quien, rasgueando y punteando magistralmente la guitarra, entonase la caña, las malagueñas, la jota o cantar es nuevos tomados de las más aplaudidas zarzuelas.
Aquella amena tertulia adquirió fama de muy proveedora de noviazgos y hasta de fecunda en casamientos, que allí germinaban y al cabo venían a concertarse.
Los otros cinco días de la semana no quería don Lorenzo ver a nadie. Los consagraba a la soledad, a la meditación y al estudio. La soledad de don Lorenzo era, no obstante, muy agradable, porque guardaba en ella, para que la alegrase, iluminase y beatificase, a su ahijada Lolita, quien, por su despejo, discreción y hermosura, era la joya del lugar y objeto de la envidia de cuantas mocitas solteras vivían en él y en otras poblaciones de diez o doce leguas a la redonda. Lolita, aunque era modesta y recatada, en cuantas ferias y romerías se había mostrado, acompañando a su padrino, se había llevado la palma y había eclipsado a todas las mujeres.
No por eso se engreía ella. Quien verdaderamente se engreía, se esponjaba y se entusiasmaba con tales triunfos era don Lorenzo, su padrino.
No debemos dar oídos a chismes y hablillas del lugar. Solo debemos decir y afirmar lo que está probado. La linda Lola, que tendría a la sazón dieciocho años, era huérfana de padre y madre y se había criado en casa de don Lorenzo, viejo solterón, de unos setenta, y que la había sacado de pila. Lola había llegado a ser en aquella casa como la señora de todo.
Don Lorenzo era un potentado. Con asombro hablaban sus compatricios de la mucha hacienda que él poseía, ponderando lo muy rico que era, como caso rarísimo en aquellos lugares. Sin exageración alguna se estimaba el caudal de don Lorenzo en más de tres millones de pesetas.
¿Heredaría o no heredaría Lola tan cuantiosos bienes? Pregunta era ésta que todo el mundo hacía, pero nadie acertaba a responder.

Fragmento de la obra

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