De la naturaleza y carácter de la novela

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ISBN rústica tipográfica: 9788499539348

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En el momento en que se impone la idea de que la realidad natural, social y humana pueden y deben ser materia novelable, aparecen nuevas ideas acerca de cómo puede ser este género artístico. A partir de entonces se abre un amplio debate que no cesa.
La obra de don Juan Valera aparece en medio de este contexto literario proclamando el arte por el arte, y rechazando todo criterio moral. La novela como género fue el debate ideológico y literario del momento.
Nace así una fuerte contraposición entre realismo e idealismo, y la consecuente crisis a raíz de la controversia sobre la secularización de la cultura y la autonomía del arte.
En su trabajo de 1860, La naturaleza y carácter de la novela, Valera afirmó que si ésta:

«se limitase a narrar lo que comúnmente sucede, no sería poesía, ni nos ofrecería un ideal, ni sería siquiera una historia digna».

Se opuso a introducir en el arte todo aquello que no lo fuera. Ello explica su rechazo hacia los autores realistas y naturalistas, que escribían menoscabando la verosimilitud fantástica.
Según Valera es la elevación de la realidad al más alto nivel, mediante el sentimiento y la imaginación sin límites, la que lleva a esa imagen ideal que el artista traduce en belleza. Para el autor no es lo real sino la imaginación, lo que permite la redención artística de la realidad.

«El arte –escribe Valera y singularmente el arte de la palabra imita la naturaleza y representa lo real como medio. Su fin es la creación de la belleza.»

Capítulo I
No seré yo quien ponga en duda el justo título con que el señor Nocedal pudo pretender y alcanzar la honra de sentarse entre los dignos individuos de la Academia Española. Bástanle los que nadie puede negarle, de escritor elegante y de orador elocuentísimo. Si el ser además un docto jurisconsulto, un diestro abogado, y uno de los hombres políticos más importantes de nuestra patria, no es precisamente lo que se requiere para entrar en la mencionada Academia, no ha de negarse, con todo, que estas envidiables y honrosas cualidades, dan grande autoridad a quien las posee, y le hacen merecedor de cualquier distinción por extraña que parezca.
El discurso que pronunció el señor Nocedal en su recepción vino a confirmarme en mi pensamiento. Este discurso, por lo bien escrito y aún por lo bien leído, justificó la elección de la Academia. A los que nos dejamos seducir por la tersura y belleza del estilo, nos deslumbró el señor Nocedal hasta el punto de que aplaudiésemos las ideas que expone; pero estas ideas, por desgracia, no resisten al detenido examen que se hace de ellas en la lectura, y condenadas más que por falsas, por vulgares, dejan reducido el discurso a una mera, aunque brillante declamación.
Escrito ya aunque no publicado este artículo, han aparecido otros sobre el mismo asunto en varios periódicos de la corte. Uno de ellos acusa de plagiario al señor Nocedal; pero mi intento no es acusarle ni defenderle. Yo trato de impugnar las teorías de su discurso; poco me importa que esas teorías sean propias del nuevo académico, o estén tomadas de una obra francesa, que confieso no haber leído.
Yo doy por cierto, que si el señor Nocedal hubiese escogido asunto más conforme a la índole de sus severos estudios, hubiera acertado a componer una disertación, en la cual el fondo no desdijese de la forma ¿Qué elevadas razones y qué tesoros de filosofía política no hubieran salido de sus labios, si en vez de ocuparse de novelas hubiera desenvuelto en su discurso la idea que apunta al principio de él, de que el idioma es prenda de nacionalidad y signo de raza? ¿Con qué brío y con qué fervor no nos hubiera de mostrado, que es menester conservar nuestro idioma en toda su pureza, porque en él está el espíritu, el alma del pueblo? ¿Con qué evidencia no hubiera probado que una lengua como la nuestra, en la cual han encarnado Cervantes y Calderón sus divinos pensamientos, no solo es un blasón glorioso, sino también una promesa de la inmortalidad y de la excelencia del pueblo que la habla? El señor Nocedal hubiera deducido de aquí la importancia de la Academia, defensora y guardadora de la pureza del lenguaje, y hubiera condenado, hasta como a reos de esa nación, a los que a sabiendas le corrompen, afean y destruyen, sin considerar que está en él lo más duradero y esencial de la vida de las razas y de las nacionalidades.
Si bajo el yugo de los turcos no hubiera conservado la Grecia el habla de Homero, ni hubiéramos presenciado en nuestra edad la sublime resurrección de aquella nación, ni se hubiera admirado el mundo de las hazañas de los suliotas, ni del heroísmo de Misolonghi, ni de la constancia y valor de Kanaris, Botzaris, Tsavelas y otros dignos émulos de Temistocles y de Leonidas. El Dante, creando una lengua literaria, común a todos los Estados italianos, hizo nacer en las almas la constante aspiración a la unidad política de Italia que, merced a los dichosos esfuerzos de la casa de Saboya, propende al cabo a realizarse; y Camoens, escribiendo Os Lusiadas, levantó el mayor obstáculo a la unión de su pueblo con España, porque magnificó el lenguaje y santificó el signo característico de independencia de la nacionalidad portuguesa.

Fragmento de la obra

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