Cartas de Gertrudis Gómez de Avellaneda

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ISBN rústica ilustrada: 9788498973020
ISBN tapa dura: 9788411266833

De la tempestuosa relación romántica entre Gertrudis Gómez de Avellaneda y el abogado Ignacio de Cepeda y Alcalde se conserva una completa correspondencia epistolar. Esta la publicó en 1907 Lorenzo Cruz de Fuentes, tras la muerte de Cepeda y a instancias de su viuda, María de Córdova y Govantes.
Las Cartas de Gertrudis Gómez de Avellaneda a Cepeda han de leerse como una continuación de la Autobiografía. En ellas la autora ya expresaba su sentimiento amoroso hacia el mencionado Cepeda y, al mismo tiempo, manifestaba su naturaleza como escritora romántica.
En las primeras cartas, entre julio de 1839 y abril de 1840, la relación se define en términos de amistad, de fraternidad. Más tarde, sin embargo, irrumpe la pasión. Después hay un período de separación que coincide con el comienzo de la actividad literaria pública de Avellaneda.
La relación epistolar vuelve a restablecerse de una manera regular en 1846, en un contexto de comunicación de amigos/amantes. En una segunda fase, alrededor de 1847, tras el breve matrimonio de Avellaneda con Pedro Sabater, la relación se plantea en términos de amor-pasión por parte de Avellaneda, pero no de Cepeda.
La ruptura definitiva se produce en la carta 35 donde dice Avellaneda:

«será la última vez que nos hablemos en este mundo»;
y en la 36 se procede a la devolución de las cartas con la que se sella el final de su relación.

23 de julio a la una de la noche
Es preciso ocuparme de usted; se lo he ofrecido; y, pues, no puedo dormir esta noche, quiero escribir; de usted me ocupo al escribir de mí, pues solo por usted consentiría en hacerlo.
La confesión, que la supersticiosa y tímida conciencia arranca a una alma arrepentida a los pies de un ministro del cielo, no fue nunca más sincera, más franca, que la que yo estoy dispuesta a hacer a usted. Después de leer este cuadernillo, me conocerá usted tan bien, o acaso mejor que a sí mismo. Pero exijo dos cosas. Primera: que el fuego devore este papel inmediatamente que sea leído. Segunda: que nadie más que usted en el mundo tenga noticia de que ha existido.
Usted sabe que he nacido en una ciudad del centro de la isla de Cuba, a la cual fue empleado mi papá el año de nueve y en la cual casó algún tiempo después con mi mamá, hija del país.
No siendo indispensables extensos detalles sobre mi nacimiento para la parte de mi historia, que pueda interesará usted, no le enfadaré con inútiles pormenores, pero no suprimiré tampoco algunos que pueden contribuir a dar a usted más exacta idea de hechos posteriores.
Cuando comencé a tener uso de razón, comprendí que había nacido en una posición social ventajosa: que mi familia materna ocupaba uno de los primeros rangos del país, que mi padre era un caballero y gozaba toda la estimación que merecía por sus talentos y virtudes, y todo aquel prestigio que en una ciudad naciente y pequeña gozan los empleados de cierta clase. Nadie tuvo este prestigio en tal grado: ni sus antecesores, ni sus sucesores en el destino de comandante de los puertos, que ocupó en el centro de la isla; mi padre daba brillo a su empleo con sus talentos distinguidos, y había sabido proporcionarse las relaciones más honoríficas en Cuba y aun en España.
Pronto cumplirán diez y seis años de su muerte, mas estoy cierta, muy cierta, que aún vive su memoria en Puerto Príncipe, y que no se pronuncia su nombre sin elogios y bendiciones: a nadie hizo mal, y ejecutó todo el bien que pudo. En su vida pública y en su vida privada siempre fue el mismo: noble, intrépido, veraz, generoso e incorruptible.
Sin embargo, mamá no fue dichosa con él; acaso porque no puede haber dicha en una unión forzosa, acaso porque siendo demasiado joven y mi papá más maduro, no pudieron tener simpatías. Mas siendo desgraciados, ambos fueron por lo menos irreprochables. Ella fue la más fiel y virtuosa de las esposas, y jamás pudo quejarse del menor ultraje a su dignidad de mujer y de madre.
Disimúleme usted estos elogios: es un tributo que debo rendir a los autores de mis días, y tengo cierto orgullo cuando al recordar las virtudes, que hicieron tan estimado a mi padre, puedo decir: soy su hija.

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