Artículos de Mariano José de Larra

3.00

ISBN ebook: 9788498971255 Categoría: Etiquetas: ,

ISBN tapa dura: 9788411260343
ISBN rústica: 9788498168358

Los Artículos de Mariano José de Larra son consecuencia de dos acontecimientos del siglo XIX. El auge de la prensa y el surgimiento del romanticismo. Como muchos autores románticos, Larra combinó sus actividades periodísticas y literarias con su interés en la política. Fue un escritor comprometido en el sentido más moderno y completo del término.
Larra cultivó diferentes géneros literarios, pero es más conocido por sus artículos periodísticos, escritos bajo el seudónimo de Fígaro o el de El pobrecito hablador. Su actividad periodística puede clasificarse en artículos de costumbres, artículos literarios y artículos políticos.
Larra sufrió tal vez más que otros intelectuales, el choque entre ideal y realidad. Vivió en la primera mitad del siglo XIX, sobrevivió a la muerte del absolutismo encarnado en la figura de Fernando VII.
Algunos de los autores de la generación del 98, se identificaron con él, por su forma de sentir intensamente los males de su país, su idealismo y también su pesimismo. Larra no era no solo un escritor romántico, sino también un hombre moderno. Siempre quiso que España abandonara el atraso económico y cultural y escogió como medio sus artículos periodísticos donde denunciaba todo tipo de abusos.
Larra decidió editar sus artículos y los clasificó en dramáticos, literarios, políticos y de costumbres, pero advirtió que su propósito era mantener el orden cronológico para reflejar mejor la época, ya que él fue testigo y cronista de su tiempo.
A continuación citamos los artículos que componen esta selección:

  • Empeños y desempeños (artículo parecido a otros)
  • El casarse pronto y mal
  • El castellano viejo
  • Vuelva usted mañana
  • En este país…
  • La educación de entonces
  • Un reo de muerte
  • Literatura
  • El día de difuntos de 1836. Fígaro, en el cementerio
  • La Nochebuena. Delirio filosófico

En prensa tenía yo mi imaginación no ha muchas mañanas, buscando un tema nuevo sobre que dejar correr libremente mi atrevida sin hueso, que ya me pedía conversación, y acaso nunca lo hubiera encontrado a no ser por la casualidad que contaré; y digo que no lo hubiera encontrado, porque entre tantas apuntaciones y notas como en mi pupitre tengo hacinadas, acaso dos solas contendrán cosas que se puedan decir, o que no deban dejarse por ahora de decir.
Tengo un sobrino, y vamos adelante, que esto nada tiene de particular. Este tal sobrino es un mancebo que ha recibido una educación de las más escogidas que en este nuestro siglo se suelen dar; es decir esto que sabe leer, aunque no en todos los libros, y escribir, si bien no cosas dignas de ser leídas; contar no es cosa mayor, porque descuida el cuento de sus cuentas en sus acreedores, que mejor que él se las saben llevar; baila como discípulo de Veluci; canta lo que basta para hacerse de rogar y no estar nunca en voz; monta a caballo como un centauro, y da gozo ver con qué soltura y desembarazo atropella por esas calles de Madrid a sus amigos y conocidos; de ciencias y artes ignora lo suficiente para poder hablar de todo con maestría. En materia de bella literatura y de teatro, no se hable, porque está abonado, y si no entiende la comedia, para eso la paga, y aun la suele silbar; de este modo da a entender que ha visto cosas mejores en otros países, porque ha viajado por el extranjero a fuer de bien criado. Habla un poco [su poco] de francés y de italiano siempre que había de hablar español, y español no lo habla, sino lo maltrata; a eso dice que la lengua española es la suya y que puede hacer con ella lo que más le viniere en voluntad. Por supuesto que no cree en Dios, porque quiere pasar por hombre de luces; pero, en cambio, cree en chalanes y en mozas, en amigos y en rufianes. Se me olvidaba: no hablemos de su pundonor, porque éste es tal que, por la menor bagatela, sobre si lo miraron, sobre si no lo miraron, pone una estocada en el corazón de su mejor amigo con la más singular gracia y desenvoltura que en esgrimidor alguno se ha conocido.

Fragmento de la obra